Imagina una calita y yo te sirvo una clara porque es verano y luce el sol, es la costa catalana y estamos tranquilos, cómo anestesiados. Después del gazpacho nos quedamos dormidos mirando el tour de Francia en la típica etapa dónde Lance gana imponiéndose al sprint con un segundo de ventaja en el último suspiro, colgándose a sus hombros el mallot amarillo. De nuevo al chiringuito, un bañito, helado de pistacho y partido al futbolín. Lanzamos unos fribis, jugamos a las cartas y acabamos cenando sardinas y ensalada. Me entra la sed, y pido una copa y España se queda en cuartos en la Eurocopa.
Pero nos da igual. Hoy ganamos el mundial. Contigo a mi lado, muriendo de sueño.
Por los cubiertos sucios. Por el presentador del tomate. Por Alejandro Cano. Los autobuses. Por pasar a dar besos. Por Malasaña. Por Adriana Ugarte. Y Patricia Delgado. Y Raúl Arévalo. Y su novia. Y las croquetas. Y los cubatas gigantes. Y la TV por cable. Y Wim Wenders. Y los gays.
Me llamo Pauline. Todos dicen que hablo demasiado y demasiado bien para la edad que tengo. Aún así no quisiera que me confundiérais con una pedante. Me depilo con cuchilla y soy adicta a la coca-cola. Una vez llevé el pelo teñido de rubio y decidí que nunca más me depilaría las cejas. No duró mucho. Mido 1,50 y comparto piso con Eric Rohmer que a veces se sienta a mi lado en el sofá y me cuenta cosas acerca de la moral, la practicidad del arrepentimiento, el poder de la palabra y cosas así. Y no le entiendo. Pero me gusta tenerlo cerca.